domingo, 30 de septiembre de 2012

Cuerpo dolorido II

[...]


No podía aguantar más el fuerte dolor de cabeza y además notaba mi flujo sanguíneo muy acelerado. Seguía teniendo el sabor de la sangre caliente en mi boca y la hinchazón en la pierna había adquirido un tono amarillento y morado que daba escalofríos sólo con mirarla. Tenía presente a cada segundo que aquél depravado me mataría tarde o temprano, tenía que mentalizarme. Mis ojos se vieron desbordados por dos terribles inundaciones de lágrimas que no me permitían ver nada, me desgarraba estar en aquella situación tan indefensa. Intentaba descifrar por sus gestos y miradas qué intentaba hacer conmigo pero por más que lo estudiaba, menos cosas en claro sacaba.
En ese momento, agarró la vela con paciencia mientras volcaba la cera hirviendo en su brazo, donde anteriormente yo le había herido. No chilló, tan sólo frunció el ceño y pronunció algunas palabras que fueron ininteligibles. Después, se arrancó un trozo de tela del jersey y la fue colocando alrededor de la herida varias veces a modo de venda. Lloré en silencio mientras contemplaba cómo aquél hombre seguía calentando la hoja del cuchillo lenta y maliciosamente.  Se dirigió hacia mí con paso decidido y con el cuchillo en la mano; a cada paso que daba, yo intentaba echarme hacia atrás,  pero topé con la pared así que comencé a gritar y a golpearla. Tenía la esperanza de que María me escuchara y llamara a la policía. 
Justo cuando estaba delante de mí, y notaba su respiración, me empujó contra el suelo quedando bocabajo. Rajó mi chaleco de lana hasta la mitad, dejando media espalda descubierta. Notaba en ella, el frío y la presión de su pierna, no podía moverme. No entendía nada, mi pómulo derecho recibía el frío del suelo que, en parte, aliviaba el dolor y la hinchazón del puñetazo y, por otro lado, provocaba un sufrimiento agudo. Acto seguido, sujetó con su brazo derecho mi cabeza, asegurándose de que quedaba totalmente inmóvil y después colocó aquel hirviente cuchillo en la parte baja de mi espalda, sin consideración y con perversidad. Noté cómo, debajo de la hoja, burbujeaba la carne. Fue, sin duda, el dolor más intenso que pude haber sentido nunca. Creo que aquella quemadura fue peor que si me hubiese prendido fuego a lo bonzo ya que el burbujeo habría sido constante y repartido,  pero notar sólo una quemadura en una zona de tu cuerpo fue, mentalmente, horrible. Cuando despegó el cuchillo, no podía moverme, casi me había quedado paralizada. Me levantó del suelo y aproveché ese momento para propiciarle un buen rodillazo en sus genitales, gritó todo lo que no chilló al echarse la cera hirviente en la herida abierta. Arrastrando la pierna fracturada, me apresuré para llegar a la entrada. Él seguía de rodillas, intentando incorporarse lentamente.
Justo antes de poder girar el picaporte de la puerta de la entrada, me agarró por el chaleco que estaba medio roto y me volvió a tirar al suelo. Era una pesadilla que no se iba a acabar nunca, quizá lo mejor sería que dejara que me hiciese todo lo que tenía planeado, me ahorraría el sufrimiento. Empezó a desabrocharme los vaqueros ¡No me lo podía creer! Iba a violarme, no podía dejar que metiera su sucio miembro en mi cuerpo. Le rogué y le supliqué por favor que parase, sabía que era inútil; me tapó la boca, alguien estaba llamándome desde el otro lado de la puerta.

-¿Hola? ¿niña, estás ahí? He escuchado ruidos. Nada, que no contesta. Voy a tener que coger las llaves que me dejó su madre y comprobar qué demonios ocurre….- Escuché cómo los pasos de María se alejaban y su voz cada vez era más lejana; noté mucho más vacío en mi interior. Chillaba mucho, pero aquella mano se aseguraba bien de ahogar mis gritos. Guardaba la esperanza de que María volviese con las llaves que mi madre le dejó por si ocurría algo en casa y por casualidad,  yo no contestaba o no estaba. Me tranquilicé un poco. Automáticamente, aquél loco me arrastró hasta el salón y para asegurarse de que no escaparía, como había intentado antes, cerró la puerta y la atrancó. No podía abrirla y tampoco podía escapar por la ventana ya que tenía barrotes. 
Escuché la cerradura dar vueltas y la puerta se abrió, María comenzó a llamarme y en cuanto pude gritarle que se alejara corriendo, aquél hombre le apuñaló a sangre fría seis veces. Lo contemplé todo por el cristal. Corrí a la chimenea y cogí una barra de acero que terminaba en punta, la utilizábamos para remover los troncos en el fuego; cuando aquél loco entró en el salón, le abrí la cabeza en dos con toda la fuerza que pude sacar. Los ojos se le desencajaron mientras un reguero de sangre caía por la frente manchando todo el suelo. Dejó caer el cuchillo que rápidamente atrapé, se movía despacio hacia mí. Daba pasos pequeños, me armé de valor y le clavé el cuchillo en el abdomen. Se desplomó encima de mí. Me llené entera de sangre. El pelo, la cara, el chaleco y los vaqueros. Cuando salí al recibidor, María tenía los ojos abiertos, aún podía contemplar en su iris el miedo y la sorpresa, estaba con la boca desencajada  y ya no tenía puesto los rulos; las bonitas ondas que se le habían formado yacían empapadas de sangre. Me resultó terrible todo lo que había vivido. Salí de casa lo más rápido que pude, arrastrando la pierna mientras la lluvia me iba limpiando un poco la sangre.
Y ahora estoy aquí, sentada en esta silla rodeada de policías que no dan crédito de lo acontecido. Han llamado a una ambulancia para llevarme al hospital y también han pedido atención psicológica. Me he reído, creo que ni un psicólogo me va a poder ayudar a olvidar lo que había presenciado. Ver charcos de sangre y las expresiones de María y de Milú, se habían convertido en algo traumático. Lloré por mi perro, nunca más podría jugar con él y también por María. En cuestión de dos horas, mi vida había sido destrozada, casi reducida a cenizas.

martes, 25 de septiembre de 2012

Cuerpo dolorido I



Estaba desayunando una tostada con mantequilla mientras leía el último libro de la Trilogía de Martín Ojo de Plata; era un día nublado, el cielo estaba grisáceo y el olor a tierra mojada que entraba por la ventana me tranquilizaba. Nada más terminé de devorar aquella suculenta tostada y cien páginas del libro, pensé que sería una muy buena idea darme un baño de agua caliente. Más tarde recogería un poco la casa para que estuviese decente ante cualquier inesperada visita. Tras haber pensado esto último, me pregunté quién iba a tener la amabilidad de visitarme un sábado de otoño cerrado en lluvia, así que decidí posponer la limpieza hasta el domingo por la tarde ya que mis padres no llegarían hasta el lunes. Estaba sola en casa y me encantaba. Mi madre se había marchado intranquila, pero yo le repetí hasta la saciedad que disfrutara del fin de semana con mi padre, ¡yo sería la mejor guardiana de nuestra pequeña guarida y si alguien osaba importunarme, blandiría mi espada y le daría muerte al villano! Mi madre se marchó riéndose y diciéndome que aún teniendo casi veinte años, millones de pajaritos habitaban en mi cabeza. Era cierto y no lo pude rebatir, en el fondo había elegido estudiar Magisterio porque encerraba en un cuerpo adulto, la imaginación de una niña. 
Los cristales estaban empañados y fuera hacía mucho frío. Encendí la chimenea con algunos troncos y mucha paciencia; al final terminé llenándome toda la cara de hollín. Mi perro acudió a resguardarse del frío y se colocó delante, casi roncaba del gusto. La tarde fue discurriendo sin acontecimientos importantes, había decidido no ir a la fiesta de cumpleaños de mi amiga ya que el plan no llamaba mi atención y temía pillarme un constipado. A las ocho y cinco minutos de la tarde pensé que el mejor plan para la noche sería comprar Rámen en la tienda china que hay cerca de mi casa. Es una alegría que haya una tienda china abierta dieciocho horas al día cada dos pasos.
De vuelta con mi paquetito de Rámen, me di cuenta que la barriada estaba muy oscura, tan sólo divisaba la silueta de los coches gracias a la poca luz que me ofrecía la luna. Mi vecina de al lado, que siempre está tras la puerta, salió a comentarme que se había ido la luz en toda la manzana y me acompañó a casa para que encendiera una vela, ella me ayudaría. ¡Já! Cómo si yo fuese retrasada y no pudiera hacerlo solita; insistió tanto que accedí. María, que así se llamaba la vecina, era el ejemplo prototípico de lo que conocemos como una señora metomentodo o marujona perdía como digo yo. Llevaba una falda marrón de pana y un jersey de cuello vuelto beige. En la cabeza tenía unos rulos envueltos en una redecilla, era toda una obra de arte digna de contemplación.  Una vez pude echar a María, llamé a Milú, mi perro, pero no apareció por ningún lado. Imaginé que al quedarse solo y a oscuras, se habría asustado y estaría escondido en el último rincón de la casa que estaba en penumbra y daba un pelín de miedo alumbrada sólo por la única luz de una mecha encendida. Al no haber luz, no había electricidad así que me había quedado sin Rámen, qué penita más grande me entró. Justo en ese momento, llamaron a la puerta con dos golpes secos. Abrí muy decidida creyendo que sería de nuevo María,  vendría a preguntarme alguna cosa o a hacerme compañía, pero me equivocaba. Ante mí, había una corpulenta silueta con un chubasquero negro y botas de agua.

-Buenas noches, señorita; debido al actual corte de luz producido en todo el recinto a causa de un cortocircuito, estamos haciendo una revisión en todas las casas para comprobar la tensión ¿Le importaría si entro a comprobar su contador?- me dijo con voz aterciopelada y tranquila.

-Es que, verá usted, estoy sola en cas…- ¡Error! Había dicho que estaba sola.

-Pues por eso mismo, déjeme pasar y comprobar lo que le he dicho, así si vuelve la luz no habrá opción de que se produzca alguna avería.- terminó de decir cada una de sus palabras con una tranquilidad que daba miedo. Intentaba verle la cara pero era imposible debido a la oscuridad.

-No,no gracias. Si eso ocurriese llamaría a la compañía y entonces usted volvería. Que tenga buenas noch…- dije mientras cerraba la puerta pero no pude terminar cuando aquél hombre interpuso su pierna entre el marco y la puerta. Forcejeé con el hombre para cerrarla, y la verdad, no sé de dónde conseguí aunar fuerzas, pero terminé por atrancarla de un empujón; imagino que los nervios y el miedo se unieron para ayudarme. Miré por la mirilla y la silueta seguía fuera, parada, quieta, expectante. En ese momento, un rayo iluminó la entradita y pude contemplar su cara ¡Oh, Dios mío! Era la cara de un hombre retorcido y cruel, de un hombre que no ama a las personas. Era la cara de un loco. Tenía los ojos muy abiertos y la boca un poco torcida. Su voz ahora era la de un psicópata.

-Boniiiiiiita, ábreme que sólo quiero ayudarte. Si no lo haces por las buenas, tendré que ayudarte por las malas. ¿Estás ahí, linda? Seguro que sí, puedo sentir tu respiración y el latir de tu corazón. Es inquietante-suspiró- me encanta provocar ese estado a una persona antes de matarla.

¿Había dicho “matarla”? ¿Es que iba a morir? Aparté por un instante la vista de la mirilla, cerré los ojos y me tranquilicé; cuando volví a mirar, el hombre había desaparecido; fue un susto de lo más cruel y atroz, esperaba que sólo fuese una apuesta, una broma pesada o un sueño. Me pellizqué varia veces pero nada, entonces lloré y me acordé de mis padres, todo sería diferente si ellos estuvieran aquí, y de mis amigos que estarían celebrando todos juntos el cumpleaños de nuestra amiga. Me  resbalé por la puerta hasta tocar el frío suelo y en ese momento escuché un ruido en la segunda planta, quise creer que era el viento o Milú jugando. Me armé de valor, cogí un cuchillo de la cocina y una linterna, después comencé a subir despacio las escaleras. Entré en el cuarto de baño y todo estaba como lo dejé, entré en el cuarto de mis padres y todo estaba tal cual, respiré aliviada. Por último, me adentré en mi habitación que estaba oscura y el viento me daba en la cara; no recordaba haber dejado la ventana abierta. Apreté el cuchillo y enfoqué la pared blanca del cabecero que había adoptado pequeñas hileras de un color burdeo. La sangre chorreaba hasta el suelo y encima de mi cama estaba Milú degollado. Aún respiraba. Se me cayó la linterna de la mano y mis ojos se inundaron de lágrimas. Pensaba que tenía que huir, pero el miedo y el impacto me dejaron anclada en el suelo. Una mano apretó el vientre mientras otra  me forzaba a tirar el cuchillo, después tapó mi boca. Sentí la respiración de aquél loco en mi cuello.

-Shhhh… Ya te dije que si no me dejabas entrar por las buenas, tendría que hacerlo por las malas, no me has dejado otra opción.- me aterraba la forma en que pronunciaba las palabras, con calma y sin titubeo, yo en cambio balbuceaba y lloraba como un niña. En ese momento todo me daba lo mismo; pensé que me degollaría como había hecho con mi perro. No me daba miedo morir pero me horrorizaba sufrir para morir. Esperaba al menos que aquel lunático acabara pronto conmigo, sin contemplaciones como había hecho con mi fiel amigo.
Poco a poco fue quitándome la mano de la boca mientras me advertía que no gritase. Entre hipidos y lágrimas, le hice caso. Me limpió las lágrimas pasando su sucia y asquerosa lengua por ellas. Toda la rabia se me acumuló en el estómago y en un descuido, cogí el cuchillo del suelo y se lo clavé en el brazo izquierdo. Salí de la habitación corriendo mientras aquél hombre me maldecía y la ira se apoderaba de él. Bajé corriendo las escaleras mirando hacia atrás constantemente para ver si me seguía. Tropecé y caí rodando, escuché el crujido de mi pierna izquierda.  Intenté levantarme pero las fuerzas habían mermado, era imposible correr. Había sólo diez pasos hasta la puerta de la calle, con suerte y mucha rapidez podría salir a la entrada y gritar para que los vecinos se enteraran. Justo cuando comenzaba a arrastrarme, un puñetazo fue a parar a mi pómulo derecho y noté un regusto a hierro en mi boca. Un hilillo de sangre caía por la comisura de mis labios y manchaba la alfombra gris.  
Me incorporé como pude y justo delante mía estaba aquél loco que me había roto el labio superior. Comenzó a reírse mientras me cogía de los pelos y me levantaba del suelo bruscamente. Mi cuerpo temblaba, dos segundos después me dejó caer de nuevo produciéndome un terrible dolor en mi pierna rota. Chillé como nunca antes había chillado. Miedo, dolor, angustia, nervios, quemazón y soledad. Todo aquello lo sentí en mi estómago. No entendía qué quería de mí, si hubiera intentado violarme ya lo habría hecho, de la misma forma, si hubiera querido matarme también lo habría hecho. ¿Le gustaba ver sufrir a las personas? ¿A caso era uno de esos psicópatas que salen en las series americanas y disfrutan provocando dolor a personas indefensas? Sollozaba en el suelo, esperando recibir otro golpe o alguna patada. Me cogió ambas piernas y me arrastró por todo el salón mientras yo forcejeaba y gritaba para intentar liberarme de aquellas manos que me presionaban los tobillos y me provocaba un fuerte dolor en mi fractura, hubiera aullado de dolor pero comprendí que quizá eso le gustaría, así que ahogué mi grito. Lo perdí de vista un momento que aproveché para pedir auxilio, quizá con suerte, alguien  pasara cerca de casa y me ayudaría. No veía nada, tan sólo la vela que seguía encendida encima de la mesa. Giré mi cabeza y contemplé que aquel loco despiadado estaba sentado en el sillón jugueteando con el cuchillo. Se incorporó y cogió la vela para calentar la hoja lenta y maliciosamente. No sabía qué pretendía pero sentí muchísimo miedo, hubiera deseado haber muerto antes de saber todo lo que me esperaba.

(...)


¿Continuará? 

sábado, 22 de septiembre de 2012

Tímidos anónimos


Esta película, Tímidos anónimos o Les emotifs anonymes en francés, me hizo reír y pensar durante un rato. He descubierto que soy tímida y yo sin saberlo, a pesar de que todo el mundo me alaba la capacidad de expresión y el desparpajo, me pierde la corrección y el saber estar por lo que puedo dar la impresión de ser una muchacha "algo" tímida en una determinada situación.
Muy recomendable si buscas apagar el dvd o el ordenador con una sonrisa y con ganas de comerte una onza de chocolate.

Huuumm!!


domingo, 9 de septiembre de 2012

Acetre

Concierto Higuera la Real- Badajoz 4/08/2012


(...)
 " O minha pombinha branca
  Ven depressa ao meu jardim
salpicadinha de flores
Pra ver meu amor partir.

Quando os meus olhos te viram
Meu coraçao se alegrou
Na cadia dos tus braços
Minha alma pressa ficou."

He crecido con este grupo extremeño de música folk gracias a mi padre. Si él me acercaba en coche al cine cuando quedaba con mis amigas, escuchábamos Acetre. De la misma forma, cuando viajábamos,  escuchábamos Acetre. Mientras mamá preparaba la comida, él ponía la cinta en el equipo de música y fumaba mientras yo leía o simplemente disfrutaba de la melodía.
Creo que desde pequeña siempre he tenido mucha estimulación por la música, el arte y la lectura. He crecido en una familia tranquila, en la que todos nos respetábamos y seguimos respetándonos. La confianza es fundamental, desde luego.
A veces, me entran mis dosis de independencia futuras y me encantaría poder irme lejos sin que nadie me molestara, pero después lo pienso fríamente y sé que si lo hago me daría mucha pena.


Aprendamos a aprovechar el presente y a disfrutar de un futuro que aún no sabemos cómo será. Tengamos la convicción de vivir . Dejemos de mirar constantemente al pasado que a veces nos aturde y entonces podremos afrontar todas las adversidades que aparezcan con el más noble corazón.



miércoles, 29 de agosto de 2012

El poder de los cuentos



"Abelín y el mágico violín" es un cuento que se me ocurrió un día que estuve en un cole de mi ciudad. ¿Sabéis? Los niños suelen emplear la violencia y después, ni siquiera piensan en qué han hecho. Con este cuento se abrió debate en el aula y todo fue a pedir de boca. Fue una experiencia preciosa.
Llevo algún tiempecito escribiendo cuentos, de algunos me siento especialmente orgullosa, pero en general, todos me gustan. Llegados a este punto, tengo que destacar las caritas expectantes de los pequeños, de hecho, a alguno hasta se le ha caído la babita de pura concentración. Me encantaría ganarme la vida contando cuentos o leyéndole poesías e historias a niños. A veces no nos damos cuenta de la potencialidad y el amor que desprenden; sólo vemos un cuerpo diminuto con una enorme imaginación. No nos equivoquemos, tras esa mirada insólita, infantil y divertida, guardan mil y un pensamientos veraces, de ahí la frase de "Los niños siempre llevan la razón". En definitiva, creo que me lo paso en grande jugando y hablando con ellos. Nunca deberíamos perder esa bonita inocencia de ser niño y yo creo que, afortunadamente, aún la conservo.
"La infancia conoce el corazón humano."







PD: La "cuentista" soy yo :)

PD2: Sólo me queda decir: ¡A disfrutarlo! ^^

miércoles, 22 de agosto de 2012

Volando a través de los sueños


Siempre he creído que tendría que haber vivido otra época pero en cuanto lo pensaba, el deseo y las ansias se evaporaban presas del utópico pensamiento. Ayer me dormí tarde, cada vez que intentaba conciliar el sueño dejando mi mente en blanco me resultaba más y más difícil. Hacía muchísima calor  como consecuencia del verano en Sevilla, estamos en pleno mes de Agosto. A pesar de que eran más de las tres de la madrugada, las chicharras me torturaban y desquiciaban con su monótono canto. Al ver que no podía dormirme pensé en hacer mil planes; levantarme y ver una película, tal vez escribir algo espontáneo o leer un poco más al portugués Pessoa. Sin darme cuenta, la nana de las chicharras y la miscelánea de pensamientos fueron introduciéndome en un profundo estado de tranquilidad. Comenzaba a entrar algo de aire por la ventana y fue el vaivén decisivo que necesitaba para ... ¿Caminar? Me encontraba en medio del campo y no llegaba a entender cómo había llegado hasta ahí. Ante mí se extendía un serpeante camino. Vestía un traje azul oscuro de mangas largas, afaroladas en los hombros, con un corte debajo del pecho y caía con algo de vuelo hasta los tobillos. Llevaba el cabello recogido en una trenza y portaba una maleta. Hacía un día extraño, no veía el sol por ningún lado y el cielo tenía un color grisáceo. No sé cuánto tiempo llevaba caminando pero estaba extenuada y sofocada así que decidí sentarme en el suelo y descansar durante unos minutos. Al instante de suspirar y pasarme la mano por la frente, un coche de caballos cogía la curva y proseguía recto hacia mí. Me incorporé asustada debido a la velocidad que llevaba y se detuvo justo delante mía, comencé a toser debido al polvo que había levantado con su repentina frenada. Un hombre me invitó a subir al carruaje. Una vez estuve sentada frente a él me presenté como pude entre la traicionera tos. 
-Perdone que no le haya agradecido el detalle de invitarme a subir a su carruaje. Me llamo Lucy- Le estreché la mano que él apretó entre risas.
-No, perdóneme usted, señorita, por ser el causante de esa tos. Mi cochero corría demasiado pero necesito llegar cuanto antes a casa, hoy tengo una visita y necesito ser puntual aunque ya llevo cinco minutos de retraso-Agregó.
-Claro, le comprendo, la cortesía es lo primero. Desgraciadamente yo también llego tarde a mi cita y estoy un tanto apenada por ello, no me gusta ser impuntual ¿Comprende usted?- Dije intentando iniciar una conversación hasta que me pudiera dejar lo suficientemente cerca de mi destino.
-Por supuesto, señorita Lucy, una jovencita de su posición no debe hacer esperar a su amado en ninguna circunstancia, podría preocuparse con razón- añadió dejándome despistada y sin saber qué contestar, me había dicho “señorita Lucy” y yo aún ni conocía su nombre.
-¡Oh! No, no he quedado con ningún amado- empezaba a sentirme incómoda  y notaba en mis mejillas un calor intenso. Intentaba que no se colorearan pero cuanto más pensaba en cómo sería mi aspecto en ese momento, más color cogían, así que decidí bajar la mirada como recurso pero no dio mucho resultado.
-¡Vaya! ¿Y entonces a dónde se dirige? Perdone si soy un poco indiscreto, no responda si no le apetece- Me dijo entornando una sonrisa, por un momento creí que le gustaba ese juego de ver cómo mis coloretes iban enrojeciéndose por segundo.
-Tengo que dirigirme a la casa del señor Joseph Lemacks ¿Sabe usted si falta mucho para llegar? Como le he comentado, yo también llego tarde- Agregué y dirigí la mirada hacia la ventana del carruaje. Descifraba un manto verde  de hierba y algún que otro árbol. Olía a tierra y me encantaba ese olor que avisaba lluvia.
-Pues no se preocupe, señorita Lucy, Joseph Lemacks le perdona su tardanza- dijo extendiéndome la mano- Yo soy la persona con la que tenía que encontrarse y usted es la cita por la que corría con tanta prisa por estos caminos- Sentenció con una sonrisa desenfada.
-Encantada, señor Lemacks- La situación me superaba, ahora sentía que mis mejillas se iban a poner moradas y mi corazón iba a estallar. ¿Cómo podía ser el señor Lemacks? Creí que iba a impartirle clases a la hija de un señor viudo, millonario, viejo y feo, sin embargo me había equivocado pero sólo en lo de viejo y feo. El señor Lemacks era demasiado joven para ser viudo y no era feo, tenía el cabello oscuro y algo despeinado, sus ojos eran de un marrón intenso y tenía un aire de gallardía que me ponía nerviosa. Desde luego no era el mejor encuentro para una institutriz que esperaba servir a aquel caballero en lo que a la educación de su hija se trataba. 
Habíamos llegado a la mansión de los Lemacks y un hombre bajito y rechoncho nos abrió la puerta del carruaje. El señor Lemacks me invitó a bajar primero. La casa era demasiado grande para una muchacha que había vivido siempre en un modesto piso de ochenta metros cuadrados. Un extenso jardín se extendía ante mí y un labrador vino a darme la bienvenida, era precioso y no pude resistir acariciarlo y juguetear con él. De pronto, una niña de unos seis años corría en brazos de su padre y él me presentaba como su nueva amiga a lo que la niña contestó que no quería más amigas sólo a su padre. Se negó a recibirme y el señor Lemacks me pidió disculpas, le dije que no se preocupara, tampoco me había imaginado una bienvenida triunfal entre trompetas y  vítores como Julio César a su llegada a Roma tras la muerte de Sila. 
Cuando me instalé en mi habitación y reparé en que sólo llevaba como compañía el libro de Emily Brönte, “Jane Eyre”, lo entendí todo. Me eché sobre la cama y pensé que tendría que dejar de leer este tipo de novelas que me hacían fantasear tanto y cuando me quise dar cuenta volvía a quedarme dormida y una espiral de sensaciones me invadió. Me desperté aturdida entre unas sábanas blancas de hotel. Me desperecé y miré por la ventana. Carteles de “New Orleans” por todos lados llamaban mi atención, sin embargo me daba la impresión de estar viendo una fotografía de esas que son en blanco y negro. Los coches eran muy antiguos entre ellos identifiqué un Mercedes-Benz 170 y si mi memoria no me traicionaba ¡Ese modelo era típico  en la América de 1930! Casi me desmayo de la emoción. Un pequeño salto en el tiempo y estaba en un local no demasiado grande pero tampoco pequeño, ataviada con un traje blanco de flecos y grandes ondas en el pelo. Fumaba un cigarrillo y el carmín rojo de mis labios quedaba tatuado en este. De pronto, luz un poco más tenue y las Boswell Sisters salían a escena. Las personas bailaban sin parar y yo, por supuesto me uní sin dudarlo un segundo. Primero nos deleitaron con Crazy people y le seguía muy de cerca un Shuffle off to buffalo que no dejó indiferente a nadie. Un americano, cuya cara me resultaba familiar, me invitó a tomar el aire y salimos de aquel local inundado por el humo. Fuera hacía frío y para calentar mis labios me encendí un cigarrillo mientras él hacía lo mismo. Seguía teniendo frío y él interpretó a la perfección mi baile de mover primero una pierna y luego la otra.
-¿Tienes frío? Me hace gracia como mueves las piernas, desde luego llevas el ritmo en la sangre- Dijo mientras se quitaba la chaqueta negra y se quedaba en la intemperie con una blusa blanca y una pajarita negra que no le quedaban nada mal. Me puso su chaqueta sobre los hombros y entonces le reconocí ¡cómo no haberme percatado antes! Esa elegancia a la hora de hablar que hasta cuando callaba parecía interesante. Era él, Humprey Bogart, quien me había dejado la chaqueta. Me explicó que cerca de donde nos encontrábamos había un restaurante donde servían un vino exquisito. No pude rechazar la invitación y seguramente allí podría entrar en calor. Estuvimos hablando casi toda la noche; me encantaba hablar con tanta tranquilidad, como si el tiempo y el espacio quedaran recluidos en un segundo plano sin importarnos más que el momento presente. Creo que ambos sabíamos que nuestro encuentro era algo pasajero pero íbamos a disfrutarlo y a vivirlo al máximo. 
Llegué al hotel cansada y feliz, aún tenía el recuerdo de sus ojos y de su sonrisa. Me eché en la cama pensando en todo lo que había ocurrido y creyendo que nunca más querría volver al presente, pero entre tantos sueños ¿Cuál era mi presente? Casi me volvía a quedar dormida cuando de pronto llamaron a la puerta. Me desperté sobresaltada, en ese instante, mi hermana se presentó corriendo en mi habitación con la cara blanca. Me dijo que me escondiera bajo la cama y ella se metió entre mis sábanas que seguían calientes. Escuché golpes secos y la puerta se abrió, me tapé la mano con la boca mientras unas botas negras y unos pantalones azules se paraban delante mía. Creía en mi convicción, era lo único que me quedaría de ahora en adelante. Sentía miedo, no lo voy a negar sólo tenía diecinueve años. Mi hermana gritó y justo cuando empezó a llorar, unas manos me agarraron del pelo y me arrastraron por la habitación hasta llegar al salón. Llevaba un camisón color carne que trasparentaba mi silueta femenina. Estaba arrodillada ante seis camisas azules, sólo podía mirarles con odio las cinco flechas y el yugo. Estaban tan cerquita del corazón que deseaba con todas mis ganas que se lo atravesaran. Me preguntaron si sabía por qué estaban allí a lo que no respondí. Me levantaron del suelo cogiéndome fuertemente por barbilla y me explicaron muy despacio que me detenían por ayudar al bando republicano. Me concedieron cinco minutos para vestirme y despedirme de mi hermana que lloraba sin parar y a la que amenazaron con llevársela también. Le di un beso en la mejilla, supe que sería la última vez que la tendría tan cerquita. Caminamos hasta un coche negro que esperaba en la puerta de la casa y me montaron. No sabría explicar qué sentí en esos momentos, valor y miedo, agobio, frío, soledad y angustia porque sabía que no se acabaría rápido sino que sería tortuoso. 
Esperaba tener la firmeza suficiente como para afrontar todo lo que me venía encima. Grité “Arriba la república” y un disparo sentenció  mis palabras y las palabras del de al lado. Nos callaron y nos sepultaron en el olvido, entre cal y cuerpos sin nombres. Cuerpos olvidados pero con historia. Una historia común por la que peleábamos y con la que acabaron. La Guerra dividió a la población con odio y sangre. No había libertad y lo peor es que aún en el presente no la hay. Me desperté asustada y respirando profundamente. Estaba viva y tenía el  pijama de Snoopy. Había vivido demasiados sentimientos esa noche. Me golpeé varias veces el cachete y me pellizqué el brazo para ver si este presente que vivía ahora también era un sueño. No he vuelto a volar a través de los sueños. Son las dos de la mañana y las fuerzas me vencen así que dormiré un rato, quizá despierte en otra época mejor o peor, al fin y al cabo nunca sabremos distinguir la realidad de la ensoñación. 
Fin (por ahora) …

viernes, 17 de agosto de 2012

Poem "A charmed life"


A charmed life

When you wake up
And the dew is in the leaves of a tree,
You’re in harmony with your soul.
While you listen to the singer birds,
Your eyes are crying
And half a smile appears.
Few metres from you,
a daisy is flowering.
You had never felt to be in peace.
At the moment,
your blood is going quickly.
TIME to feel good.


This is my first poem in English, I'm sure I have some mistakes. Occasionally, I write poems in English because I think is very important to practice the language and learn a lot of vocabulary.
So, what is the best way to do that writing? It's AMAZING :)