Hay dos manos que se aprietan con
firmeza mientras el calor va traspirando en gotitas de sudor a través
de la pequeña abertura que se dibuja en medio. Un beso, cargado de sentimientos,
queda tatuado en la palma de la mano. Encuentras una mirada que quiere hundirse
en la tuya hasta los profundos límites de la locura; en ese preciso instante,
un abrazo cobra significado, ni siquiera sabes cómo expresarlo. Te falta un
poco la respiración. En el refugio de sus brazos, escuchas la alegre melodía de
su corazón con un ritmo acompasado y ligero como si de pronto se desbocara del
júbilo. Colocas la mano izquierda sobre su pecho y la mano derecha en la
espalda, él hace lo mismo. Sientes que estás unida con la única certeza de ser lo
más bonito que nunca hayas podido experimentar. Hueles su cuello y una
sensación de tranquilidad y amor te invade. Que se pare el tiempo, por favor,
quiero seguir notando el calor de nuestros cuerpos más
vivos que nunca.
martes, 23 de octubre de 2012
lunes, 15 de octubre de 2012
No me pidas que renuncie a los pequeños placeres
Cúpula del Museo de Bellas Artes de Sevilla
Entrar en una sala demasiado grande habitada por las Inmaculadas de Murillo, pisadas tranquilas y despreocupadas van y vienen, suelo blanco y limpio. Miro hacia arriba y me asombra lo que ven mis ojos, necesito contemplar la cúpula desde otra perspectiva, como si casi la pudiese tocar. Tendida en el frío suelo descifro todas las incógnitas. Me encanta lo que veo, quiero que el tiempo se pare. La sala grande, la cúpula y yo. Solo pido eso, nada más.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Grata sorpresa
Hoy he terminado la limpieza de mi cuarto (¡cómo es posible acumular tantísimos papeles, por favor!) y entre todas las pamplinas, he encontrado mi libreta de Historia de España de 2º de Bachiller con un poema, acompañado por un mensajito, en la hoja final. A decir verdad, no recuerdo bien por qué o cuándo lo escribí pero sé que está ahí por algo. Me ha gustado tanto que he decidido compartir el poema y el mensaje aquí ^^
...
Grillos cantado en la noche,
Melodía desgarradora,
Hierba mojada.
La hoguera crepita lentamente
Mientras los niños juegan a ser piratas.
A pocos metros,
Un perro lame su pata
dolorida por un cristal incrustado.
El viento silba despacio
Hasta llegar a tu oído
Y lo acaricia.
El corazón vivo
Bombea sangre.
Un anciano fuma un puro
Y le recita versos improvisados a su nieto.
Una mujer
Resuelta en luna
Tiende la ropa.
Un joven estudia para sus últimos exámenes
Mientras se lamenta
por no haber empezado antes.
Los sauces llorones
Han perdido sus hojas.
Las estrellas son verdes
Y rojas.
El peral da almendras
Y el almendro da peras.
Las personas vuelan
Y las mariposas andan.
Los libros están en blanco,
Las letras han huido.
Mi estómago ruge
De hambre.
Mi memoria descansa
Y mi mente se echa la siesta.
No sabemos qué esperar
Ni qué buscar.
Nada nos importa
Nada es igual
Nada sientes
Nada eres
Nada.
"Recuerda que tú no eres nada.
No te canses de explorar nunca,
consigue todos tus propósitos;
todo lo puedes alcanzar con la palma de tu mano."
(Edito: ¡Ya lo entiendo! Fue cuando me leí la novela Nada de Carmen Laforet, ese libro que tanto me marcó y gustó.)
domingo, 30 de septiembre de 2012
Cuerpo dolorido II
[...]
No podía
aguantar más el fuerte dolor de cabeza y además notaba mi flujo sanguíneo muy acelerado.
Seguía teniendo el sabor de la sangre caliente en mi boca y la hinchazón en la
pierna había adquirido un tono amarillento y morado que daba escalofríos sólo
con mirarla. Tenía presente a cada segundo que aquél depravado me mataría tarde
o temprano, tenía que mentalizarme. Mis ojos se vieron desbordados por dos
terribles inundaciones de lágrimas que no me permitían ver nada, me desgarraba
estar en aquella situación tan indefensa. Intentaba descifrar por sus gestos y
miradas qué intentaba hacer conmigo pero por más que lo estudiaba, menos cosas
en claro sacaba.
En ese momento, agarró la vela con paciencia mientras volcaba
la cera hirviendo en su brazo, donde anteriormente yo le había herido. No
chilló, tan sólo frunció el ceño y pronunció algunas palabras que fueron
ininteligibles. Después, se arrancó un trozo de tela del jersey y la fue
colocando alrededor de la herida varias veces a modo de venda. Lloré en silencio
mientras contemplaba cómo aquél hombre seguía calentando la hoja del cuchillo
lenta y maliciosamente. Se dirigió hacia
mí con paso decidido y con el cuchillo en la mano; a cada paso que daba, yo
intentaba echarme hacia atrás, pero topé
con la pared así que comencé a gritar y a golpearla. Tenía la esperanza de que
María me escuchara y llamara a la policía.
Justo cuando estaba delante de mí, y
notaba su respiración, me empujó contra el suelo quedando bocabajo. Rajó mi
chaleco de lana hasta la mitad, dejando media espalda descubierta. Notaba en
ella, el frío y la presión de su pierna, no podía moverme. No entendía nada, mi
pómulo derecho recibía el frío del suelo que, en parte, aliviaba el dolor y la
hinchazón del puñetazo y, por otro lado, provocaba un sufrimiento agudo. Acto
seguido, sujetó con su brazo derecho mi cabeza, asegurándose de que quedaba
totalmente inmóvil y después colocó aquel hirviente cuchillo en la parte baja
de mi espalda, sin consideración y con perversidad. Noté cómo, debajo de la
hoja, burbujeaba la carne. Fue, sin duda, el dolor más intenso que pude haber
sentido nunca. Creo que aquella quemadura fue peor que si me hubiese prendido
fuego a lo bonzo ya que el burbujeo habría sido constante y repartido, pero notar sólo una quemadura en una zona de tu
cuerpo fue, mentalmente, horrible. Cuando despegó el cuchillo, no podía
moverme, casi me había quedado paralizada. Me levantó del suelo y aproveché ese
momento para propiciarle un buen rodillazo en sus genitales, gritó todo lo que
no chilló al echarse la cera hirviente en la herida abierta. Arrastrando la
pierna fracturada, me apresuré para llegar a la entrada. Él seguía de rodillas,
intentando incorporarse lentamente.
Justo antes de poder girar el picaporte de la
puerta de la entrada, me agarró por el chaleco que estaba medio roto y me
volvió a tirar al suelo. Era una pesadilla que no se iba a acabar nunca, quizá
lo mejor sería que dejara que me hiciese todo lo que tenía planeado, me
ahorraría el sufrimiento. Empezó a desabrocharme los vaqueros ¡No me lo podía
creer! Iba a violarme, no podía dejar que metiera su sucio miembro en mi
cuerpo. Le rogué y le supliqué por favor que parase, sabía que era inútil; me
tapó la boca, alguien estaba llamándome desde el otro lado de la puerta.
-¿Hola?
¿niña, estás ahí? He escuchado ruidos. Nada, que no contesta. Voy a tener que
coger las llaves que me dejó su madre y comprobar qué demonios ocurre….- Escuché
cómo los pasos de María se alejaban y su voz cada vez era más lejana; noté
mucho más vacío en mi interior. Chillaba mucho, pero aquella mano se aseguraba
bien de ahogar mis gritos. Guardaba la esperanza de que María volviese con las
llaves que mi madre le dejó por si ocurría algo en casa y por casualidad, yo no contestaba o no estaba. Me tranquilicé
un poco. Automáticamente, aquél loco me arrastró hasta el salón y para
asegurarse de que no escaparía, como había intentado antes, cerró la puerta y
la atrancó. No podía abrirla y tampoco podía escapar por la ventana ya que
tenía barrotes.
Escuché la cerradura dar vueltas y la puerta se abrió, María
comenzó a llamarme y en cuanto pude gritarle que se alejara corriendo, aquél
hombre le apuñaló a sangre fría seis veces. Lo contemplé todo por el cristal.
Corrí a la chimenea y cogí una barra de acero que terminaba en punta, la
utilizábamos para remover los troncos en el fuego; cuando aquél loco entró en
el salón, le abrí la cabeza en dos con toda la fuerza que pude sacar. Los ojos se
le desencajaron mientras un reguero de sangre caía por la frente manchando todo
el suelo. Dejó caer el cuchillo que rápidamente atrapé, se movía despacio hacia
mí. Daba pasos pequeños, me armé de valor y le clavé el cuchillo en el abdomen.
Se desplomó encima de mí. Me llené entera de sangre. El pelo, la cara, el
chaleco y los vaqueros. Cuando salí al recibidor, María tenía los ojos
abiertos, aún podía contemplar en su iris el miedo y la sorpresa, estaba con la
boca desencajada y ya no tenía puesto los
rulos; las bonitas ondas que se le habían formado yacían empapadas de sangre.
Me resultó terrible todo lo que había vivido. Salí de casa lo más rápido que
pude, arrastrando la pierna mientras la lluvia me iba limpiando un poco la
sangre.
Y ahora estoy aquí, sentada en esta silla
rodeada de policías que no dan crédito de lo acontecido. Han llamado a una
ambulancia para llevarme al hospital y también han pedido atención psicológica.
Me he reído, creo que ni un psicólogo me va a poder ayudar a olvidar lo que
había presenciado. Ver charcos de sangre y las expresiones de María y de Milú,
se habían convertido en algo traumático. Lloré por mi perro, nunca más podría
jugar con él y también por María. En cuestión de dos horas, mi vida había sido
destrozada, casi reducida a cenizas.
martes, 25 de septiembre de 2012
Cuerpo dolorido I
Estaba
desayunando una tostada con mantequilla mientras leía el último libro de la
Trilogía de Martín Ojo de Plata; era un día nublado, el cielo estaba grisáceo y
el olor a tierra mojada que entraba por la ventana me tranquilizaba. Nada más
terminé de devorar aquella suculenta tostada y cien páginas del libro, pensé
que sería una muy buena idea darme un baño de agua caliente. Más tarde
recogería un poco la casa para que estuviese decente ante cualquier inesperada
visita. Tras haber pensado esto último, me pregunté quién iba a tener la
amabilidad de visitarme un sábado de otoño cerrado en lluvia, así que decidí
posponer la limpieza hasta el domingo por la tarde ya que mis padres no
llegarían hasta el lunes. Estaba sola en casa y me encantaba. Mi madre se había
marchado intranquila, pero yo le repetí hasta la saciedad que disfrutara del
fin de semana con mi padre, ¡yo sería la mejor guardiana de nuestra pequeña
guarida y si alguien osaba importunarme, blandiría mi espada y le daría muerte
al villano! Mi madre se marchó riéndose y diciéndome que aún teniendo casi
veinte años, millones de pajaritos habitaban en mi cabeza. Era cierto y no lo
pude rebatir, en el fondo había elegido estudiar Magisterio porque encerraba en
un cuerpo adulto, la imaginación de una niña.
Los
cristales estaban empañados y fuera hacía mucho frío. Encendí la chimenea con
algunos troncos y mucha paciencia; al final terminé llenándome toda la cara de
hollín. Mi perro acudió a resguardarse del frío y se colocó delante, casi
roncaba del gusto. La tarde fue discurriendo sin acontecimientos importantes,
había decidido no ir a la fiesta de cumpleaños de mi amiga ya que el plan no
llamaba mi atención y temía pillarme un constipado. A las ocho y cinco minutos
de la tarde pensé que el mejor plan para la noche sería comprar Rámen en la
tienda china que hay cerca de mi casa. Es una alegría que haya una tienda china
abierta dieciocho horas al día cada dos pasos.
De vuelta con
mi paquetito de Rámen, me di cuenta que la barriada estaba muy oscura, tan sólo
divisaba la silueta de los coches gracias a la poca luz que me ofrecía la luna.
Mi vecina de al lado, que siempre está tras la puerta, salió a comentarme que
se había ido la luz en toda la manzana y me acompañó a casa para que encendiera
una vela, ella me ayudaría. ¡Já! Cómo si yo fuese retrasada y no pudiera
hacerlo solita; insistió tanto que accedí. María, que así se llamaba la vecina,
era el ejemplo prototípico de lo que conocemos como una señora metomentodo o marujona perdía como digo yo. Llevaba
una falda marrón de pana y un jersey de cuello vuelto beige. En la cabeza tenía
unos rulos envueltos en una redecilla, era toda una obra de arte digna de
contemplación. Una vez pude echar a
María, llamé a Milú, mi perro, pero no apareció por ningún lado. Imaginé que
al quedarse solo y a oscuras, se habría asustado y estaría escondido en el
último rincón de la casa que estaba en penumbra y daba un pelín
de miedo alumbrada sólo por la única luz de una mecha encendida. Al no haber
luz, no había electricidad así que me había quedado sin Rámen, qué penita más
grande me entró. Justo en ese momento, llamaron a la puerta con dos golpes
secos. Abrí muy decidida creyendo que sería de nuevo María, vendría a preguntarme alguna cosa o a hacerme
compañía, pero me equivocaba. Ante mí, había una corpulenta silueta con un
chubasquero negro y botas de agua.
-Buenas
noches, señorita; debido al actual corte de luz producido en todo el recinto a
causa de un cortocircuito, estamos haciendo una revisión en todas las casas
para comprobar la tensión ¿Le importaría si entro a comprobar su contador?- me
dijo con voz aterciopelada y tranquila.
-Es que,
verá usted, estoy sola en cas…- ¡Error! Había dicho que estaba sola.
-Pues por
eso mismo, déjeme pasar y comprobar lo que le he dicho, así si vuelve la luz no
habrá opción de que se produzca alguna avería.- terminó de decir cada una de sus
palabras con una tranquilidad que daba miedo. Intentaba verle la cara pero era
imposible debido a la oscuridad.
-No,no
gracias. Si eso ocurriese llamaría a la compañía y entonces usted volvería. Que
tenga buenas noch…- dije mientras cerraba la puerta pero no pude terminar cuando
aquél hombre interpuso su pierna entre el marco y la puerta. Forcejeé con el
hombre para cerrarla, y la verdad, no sé de dónde conseguí aunar fuerzas, pero
terminé por atrancarla de un empujón; imagino que los nervios y el miedo se
unieron para ayudarme. Miré por la mirilla y la silueta seguía fuera, parada,
quieta, expectante. En ese momento, un rayo iluminó la entradita y pude
contemplar su cara ¡Oh, Dios mío! Era la cara de un hombre retorcido y cruel, de un hombre que no ama a las personas. Era la cara de un loco. Tenía los
ojos muy abiertos y la boca un poco torcida. Su voz ahora era la de un psicópata.
-Boniiiiiiita,
ábreme que sólo quiero ayudarte. Si no lo haces por las buenas, tendré que
ayudarte por las malas. ¿Estás ahí, linda? Seguro que sí, puedo sentir tu
respiración y el latir de tu corazón. Es inquietante-suspiró- me encanta
provocar ese estado a una persona antes de matarla.
¿Había dicho
“matarla”? ¿Es que iba a morir? Aparté por un instante la vista de la mirilla,
cerré los ojos y me tranquilicé; cuando volví a mirar, el hombre había
desaparecido; fue un susto de lo más cruel y atroz, esperaba que sólo fuese una
apuesta, una broma pesada o un sueño. Me pellizqué varia veces pero nada,
entonces lloré y me acordé de mis padres, todo sería diferente si ellos
estuvieran aquí, y de mis amigos que estarían celebrando todos juntos el
cumpleaños de nuestra amiga. Me resbalé
por la puerta hasta tocar el frío suelo y en ese momento escuché un ruido en la
segunda planta, quise creer que era el viento o Milú jugando. Me armé de
valor, cogí un cuchillo de la cocina y una linterna, después comencé a subir
despacio las escaleras. Entré en el cuarto de baño y todo estaba como lo dejé,
entré en el cuarto de mis padres y todo estaba tal cual, respiré aliviada. Por
último, me adentré en mi habitación que estaba oscura y el viento me daba en la
cara; no recordaba haber dejado la ventana abierta. Apreté el cuchillo y
enfoqué la pared blanca del cabecero que había adoptado pequeñas hileras de un
color burdeo. La sangre chorreaba hasta el suelo y encima de mi cama estaba
Milú degollado. Aún respiraba. Se me cayó la linterna de la mano y mis ojos
se inundaron de lágrimas. Pensaba que tenía que huir, pero el miedo y el
impacto me dejaron anclada en el suelo. Una mano apretó el vientre mientras
otra me forzaba a tirar el cuchillo,
después tapó mi boca. Sentí la respiración de aquél loco en mi cuello.
-Shhhh… Ya
te dije que si no me dejabas entrar por las buenas, tendría que hacerlo por las
malas, no me has dejado otra opción.- me
aterraba la forma en que pronunciaba las palabras, con calma y sin titubeo, yo
en cambio balbuceaba y lloraba como un niña. En ese momento todo me daba lo
mismo; pensé que me degollaría como había hecho con mi perro. No me daba miedo
morir pero me horrorizaba sufrir para morir. Esperaba al menos que aquel
lunático acabara pronto conmigo, sin contemplaciones como había hecho con mi fiel
amigo.
Poco a poco
fue quitándome la mano de la boca mientras me advertía que no gritase. Entre
hipidos y lágrimas, le hice caso. Me limpió las lágrimas pasando su sucia y
asquerosa lengua por ellas. Toda la rabia se me acumuló en el estómago y en un
descuido, cogí el cuchillo del suelo y se lo clavé en el brazo izquierdo. Salí
de la habitación corriendo mientras aquél hombre me maldecía y la ira se
apoderaba de él. Bajé corriendo las escaleras mirando hacia atrás
constantemente para ver si me seguía. Tropecé y caí rodando, escuché el crujido
de mi pierna izquierda. Intenté
levantarme pero las fuerzas habían mermado, era imposible correr. Había sólo
diez pasos hasta la puerta de la calle, con suerte y mucha rapidez podría salir
a la entrada y gritar para que los vecinos se enteraran. Justo cuando comenzaba
a arrastrarme, un puñetazo fue a parar a mi pómulo derecho y noté un regusto a
hierro en mi boca. Un hilillo de sangre caía por la comisura de mis labios y manchaba
la alfombra gris.
Me incorporé como pude
y justo delante mía estaba aquél loco que me había roto el labio superior.
Comenzó a reírse mientras me cogía de los pelos y me levantaba del suelo
bruscamente. Mi cuerpo temblaba, dos segundos después me dejó caer de nuevo
produciéndome un terrible dolor en mi pierna rota. Chillé como nunca antes
había chillado. Miedo, dolor, angustia, nervios, quemazón y soledad. Todo
aquello lo sentí en mi estómago. No entendía qué quería de mí, si hubiera
intentado violarme ya lo habría hecho, de la misma forma, si hubiera querido
matarme también lo habría hecho. ¿Le gustaba ver sufrir a las personas? ¿A caso
era uno de esos psicópatas que salen en las series americanas y disfrutan
provocando dolor a personas indefensas? Sollozaba en el suelo, esperando
recibir otro golpe o alguna patada. Me cogió ambas piernas y me arrastró por
todo el salón mientras yo forcejeaba y gritaba para intentar liberarme de aquellas
manos que me presionaban los tobillos y me provocaba un fuerte dolor en mi
fractura, hubiera aullado de dolor pero comprendí que quizá eso le gustaría,
así que ahogué mi grito. Lo perdí de vista un momento que aproveché para pedir
auxilio, quizá con suerte, alguien pasara
cerca de casa y me ayudaría. No veía nada, tan sólo la vela que seguía
encendida encima de la mesa. Giré mi cabeza y contemplé que aquel loco
despiadado estaba sentado en el sillón jugueteando con el cuchillo. Se
incorporó y cogió la vela para calentar la hoja lenta y maliciosamente. No sabía qué pretendía pero sentí muchísimo miedo, hubiera deseado
haber muerto antes de saber todo lo que me esperaba.
(...)
¿Continuará?
¿Continuará?
sábado, 22 de septiembre de 2012
Tímidos anónimos
Muy recomendable si buscas apagar el dvd o el ordenador con una sonrisa y con ganas de comerte una onza de chocolate.
Huuumm!!
domingo, 9 de septiembre de 2012
Acetre
(...)
" O minha pombinha branca
Ven depressa ao meu jardim
salpicadinha de flores
Pra ver meu amor partir.
Quando os meus olhos te viram
Meu coraçao se alegrou
Na cadia dos tus braços
Minha alma pressa ficou."
Creo que desde pequeña siempre he tenido mucha estimulación por la música, el arte y la lectura. He crecido en una familia tranquila, en la que todos nos respetábamos y seguimos respetándonos. La confianza es fundamental, desde luego.
A veces, me entran mis dosis de independencia futuras y me encantaría poder irme lejos sin que nadie me molestara, pero después lo pienso fríamente y sé que si lo hago me daría mucha pena.
Aprendamos a aprovechar el presente y a disfrutar de un futuro que aún no sabemos cómo será. Tengamos la convicción de vivir . Dejemos de mirar constantemente al pasado que a veces nos aturde y entonces podremos afrontar todas las adversidades que aparezcan con el más noble corazón.
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