lunes, 2 de mayo de 2016

Y a lo lejos, África.

Es un inmenso placer disfrutar de la playa en absoluta soledad. Kilómetros de costa y la única persona sentada en la arena eres tú con la compañía del viento que revuelve el cabello que antes estaba sumiso y ahosa se cree más rebelde que nunca.
El agua se funde en una tonalidad azulina que contrasta con la espuma blanca de las olas y se une con el cielo. A la derecha, la solemne roca de Gibraltar que aún hoy sigue levantando recelos y diferencias como una ampolla que no ha sido bien curada y deja una leve cicatriz que a veces, roza y duele.
Al frente se distingue África aunque difusa. Parece una pincelada marrón de acuarela sobre un papel mojado, quizá está más cerca de lo que imaginamos y nadie repara en ella. En las miles de vidas que ahoga el estrecho cada semana.
Por último estoy yo: una amalgama de huesos, carne y sentimientos que nunca antes se habían despertado tan fogosos. Derramarme sobre unos ojos verdes sin saber si volverás a verlos, anidar en un cuerpo que se desvanece dejando en el corazón miles de palabras atropelladas que esperan ser pronunciadas, compartir el mismo colchón que se templa a medianoche con dos cuerpos hirviendo en deseo y mientras tanto la melancolía reina en el silencio acompasado de dos pechos que respiran al unísono.
Y a lo lejos, sigo viendo África.

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